dispuesto
a ser río, ensenada apenas,
a qué
inmensidad ha de llegar la voz de mi suspiro.
Dónde la
resignada piel de la noche
y su
mohín coqueto de canas teñidas,
dónde la
desnudez sin carne
en la que
la mujer
en ayuno
de máscaras
existe
más hembra que nunca
en el
simple beso del aire…
Es que ya
se ha vaciado la intimidad de la palabra o grito
y las
pausas de la sangre esgrimen el color de los ojos:
¡está tan
colmada la profundidad de las manos
con todo
el silencio líquido del que bebe la esperanza!
No sé
ahora, ahora que se angosta el mar
dispuesto
a ser isla, farallón apenas,
a qué
dársena ha de arribar el anhelo nómada de mi esquife.
Issa Martínez