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CRÓNICA DE UN
VIAJE A MÉXICO (I)
La verdad es que
uno, acostumbrado a pasear la calva y la perilla por territorios conocidos
y perfectamente delimitados por varios años de rutinas, siente un pánico
tremendo cuando toma la decisión de hacer algo que finalmente resulta tan
simple como subirse a un avión y cruzar el charco y sumergirse en el corazón
de un país distinto, extraño, desconocido. Pero algún día había que soltar
amarras y la ocasión que me brindó la poeta Lina Zerón era inmejorable: nada
más y nada menos que participar, junto a Ernesto Cardenal y otros cuarenta y
cuatro poetas de diversas nacionalidades y mexicanos en el encuentro Voces
para la Educación, en Toluca, circunstancia de la que ha quedado constancia
en la Antología del mismo nombre, publicada por el Sindicato de Maestros al
servicio del estado de México, que era la entidad organizadora, y que se ha
distribuido a todas las bibliotecas escolares de dicho Estado.
Aunque tengo que confesar, que desde el momento en que tomé la decisión,
perdí el sueño. El comentario más extendido en mi entorno era la falta de
seguridad en la capital mexicana. "Allí te atracan hasta los taxistas", "No
le preguntes nada a un policía poque lo más probable es que te robe", "No
vayas a un hospital que te birlan los riñones", etc. ¿Para qué seguir?
Ustedes ya se lo imaginan. Incluso el poeta estridentista mexicano German
Liszt señalaba: "En México solamente hay tres formas de vivir: como un
ladrón, como un payaso o como un mendigo. Lo primero no me gusta, para lo
segundo no dispongo del ingenio necesario, así que no me queda más remedio
que vivir de lo que me dan los hijos, la familia y los demás", en una
entrevista que le hicieron. Así que, con estos antecedentes y lo que
revelaban, la preocupación ante el viaje no me dejaba dormir. ¿Valdría la
pena el esfuerzo? -me preguntaba.
Por si las moscas, antes de marchar pasé por Valladolid, a visitar a mi
hija, le compré un montón de trapos para que tuviera un buen recuerdo de su
padre y me despedí de ella con un abrazo de esos en los que te dejas los
brazos atrás cuando te vas. De allí viajé toda la noche a Barcelona, donde
al día siguiente presentaba el segundo libro de Isabel Miralles, publicado
por mi editorial. Isabel se portó de maravillas, como suele ser habitual, y
eso que que le había dicho que yo no necesito lujos para vivir, que me
siento más feliz en sitios normales que en esos lugares ostentosos que
suelen frecuentar las flores de Pitiminí y los ejecutados por una desmedida
avaricia y que no son para mí, a pesar que mi pasado como jefe de protocolo
de una institución me hubiera obligado a frecuentarlos en otro tiempo.
Nada más llegar me dirigí al hotel, pues toda la noche sentado en el
autobús había causado verdaderos estragos en mi esqueleto. Isabel no me
había hecho caso y con la habitación hasta te regalaban unas zapatillas
además de la body milk. Descansé toda la mañana y a última hora me pasó a
recoger con su coche para llevarme a comer a un restaurante estupendo, el
mismo al que unos meses antes había llevado a Lina Zerón, según me relató.
Luego por la noche, presentación de su libro en el Colegio de Ingenieros,
con cava y canapés de caviar, a cuyo término me reencontré con un buen
amigo, el Cap de Protocolo del Ayuntamiento de Berga, al que hacía años que
no veía y que me invitó a cenar en el L'Olivé, un lugar gastronómico que ya
se ha convertido en tradicional en la capital catalana.
A la mañana siguiente tomé el avión para Madrid y, desde allí, a la una de
la madrugada aproximadamente partí rumbo a México, depués de darme
cuatrocientas vueltas por el aeropuerto de Barajas y haber agotado los
surtidores de cañas haciendo tiempo hasta la hora de salida. En la mano, un
estuche de cartón con dos botellas de aguardiente de hierbas para mi amiga
Ylia, una poetisa a la que le publiqué un libro y que había conocido meses
antes cuando vino a presentarlo a España, la cual se había comprometido a
recogerme en el aeropuerto de México a las 7,05 A.M.
Al llegar, seguí los pasos que me había indicado, con suma atención, y salí
por la puerta de la izquierda, aunque casi todo el mundo salía por la del
centro. Elegí bien. No había otra puerta más a la izquierda, pero allí no
había nadie esperándome. ¡Ay, Dios! El susto fue mayúsculo. Lo de coger un
taxi yo solo no me hacía gracia, a tenor de los comentarios que había
escuchado, el encuentro no empezaba hasta dos días más tarde y lo de llegar
hasta la casa de Ylia podía ser algo así como una odisea en medio de una
ciudad donde viven 18 millones de habitantes. Durante 30 minutos mi cabeza
fue un caos. Estaba allí, en medio de esos dieciocho millones largos de
habitantes más turistas y si saber donde meterme, y me retiré un poco del
centro de pasillo del aeropuerto para pensar. Acostumbrado a vivir en una
capital de provincias de ochenta mil habitantes, donde casi todos nos
conocemos, hasta el propio aeropuerto me parecía una gran metrópoli. La otra
opción, una pediatra con la que me escribí un montón de tiempo, a la que
también le publiqué un libro, y con la que había quedado a desayunar en el
aeropuerto, me había fallado a última hora: comenzaba a trabajar aquel mismo
día en una ciudad de Michoacán.
Fue entonces cuando ví a Ylia allí, frente a la puerta central, esperando, y
respiré, respiré profundamente, a pesar de la contaminación que empezaba a
notar en el ambiente. Un amigo de ella se hizo cargo de mis maletas al mismo
tiempo que ella se hacía cargo de mí.
Después de tomar algo en su casa y dejar las bártulos nos fuimos en un taxi,
de los seguros, ya que hay otros dos tipos que al parecer no son tan
seguros, a la fundación René Aviles Fabila, donde nos recibió la mujer del
escritor. Nos enseñó la fundación y nos regaló alguno de los últimos libros
de René, dedicados. La Revista en papel de la Fundación, "El Búho", publicó
ese mes un poema mío, lo cual agradecí con la entrega de algunos de mis
libros para su biblioteca. Tras la visita, Ylia y yo nos sumergimos en el
maremagnum del centro de México, D.F, realmente toda una aventura.
Lo primero que me sorprendió es que los semáforos eran muy especiales, tan
especiales que casi nadie les hacía caso. Para cruzar la calle, lo mejor era
no guiarse por ellos, sino esperar a que pasara una ola de vehículos, o
hacerlo mientras éstos se hallaban parados a causa de algún embotellamiento.
Como se te ocurriera pisar la calzada cuando estaba en verde para peatones,
lo tenías crudo, y lo más probable es que terminaras como carne picada
sobre el asfalto víctima de la marea motorizada. Me recordó mucho a una obra
de Wenceslao Fernández Flórez, de tipo irónico y humorístico, que había
leído siendo un chaval y que se titula "El hombre que compró un automóvil"
si mi memoria no me falla.
Por otra parte, habíamos recorrido varias calles del centro y nadie nos
había atracado, lo cual me hizo cobrar algo de confianza. A pesar de que el
cambio de horario, las seis o siete horas de diferencia con España y las
doce horas de avión sufridas me mantenían en un estado de aturdimiento
atroz, empecé a disfrutar del momento como un enano subido a un rascacielos,
con perdón para los bajitos.
Era un mundo distinto y a mí todo lo nuevo siempre me ha atraído. Mis ojos
se convirtieron en cámaras fotográficas que registraban una a una las
imágenes en el interior delcerebro. Mis oídos en una grabadora de sonidos.
Los vendedores de recuerdos extendían sus alfombrillas alrededor de la
plaza, llenas de objetos multicolores. El tráfico funcionaba por mareas. Me
sentía como un niño con zapatos nuevos. Por fín había dado el gran salto. La
poesía me había llevado al otro lado del océano en un primer viaje y
empezaba a ser consciente de que no sería el último. Mis pies pisaban el
corazón de México, D.F., una de las ciudades más grandes del mundo y la
experiencia me resultaba enormemente placentera.
Ya tranquilo, alejado del estereotipo que las malas lenguas habían creado en
mí cerebro, continué el paseo por todas aquellas calles y plazas hasta que
comenzó a apretar el hambre.
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