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CRÓNICA DE UN VIAJE
A MÉXICO (II)
Realmente apretaba
el hambre, pues en el avión los de Iberia habían sido un poco escuetos de menú.
Incluso en la ventanilla de facturación, cuando pregunté si el billete incluía
comida me dijeron que todavía sí pero que no sabían hasta cuando mantendría esa
circunstancia la compañía, es decir, que dentro de poco habrá que llevarse el
bocata, la bota de vino y, si te descuidas, el orinal, pues no sé que pasa en el
avión que a todo el mundo le entran las ganas al mismo tiempo y, al final, se
termina haciendo cola.
Para comer Ylia eligió el Palacio de los Azulejos, me parece que se llama, en
pleno centro del D.F. Un lugar cargado de historia y del cual me traje un
folleto que todavía no he tenido tiempo de leer. Me pareció fantástico. Las
camareras vestidas con trajes típicos, eso sí, hechos con telas Made in Taiwan,
como en el resto del territorio mundial civilizado, según me soplaron al oído.
Las comidas las servían en un patio cubierto que me recordaba a los de las
casas sevillanas, pero de piedra negra, menos chillón, sin el blanco comeojos de
las paredes andaluzas. En Sevilla había pasado una temporada en una de esas
casas, con patio y balconadas interiores, a través del cual, y de balcón a
balcón, se decían las inquilinas las mayores lindezas, algunas incluso de
marcado mal gusto y acento racista:
-¡Guarra, que eres una guarra!
-¿Guarra yo? ¡Guarra tú, que te compraste una casa redonda para no tener que
barrer las esquinas!
-¿Guarra yo? ¡Anda ya que te casaste con un negro para no tener que lavar a los
niños!
Ni que decir tiene que probé todo lo que pude, que suele ser bastante. Una de
las cosas que más me sorprendió fue la variedad de aguas: de tamarindo, de
melón, etc., una costumbre que allí mismo me prometí introducir en la dieta a
mi regreso al viejo continente. Y cuando terminamos y llegó la cuenta me sentí
más a gusto que en Portugal: ¡Resultaba más barato y aún por encima no te
cobraban los aperitivos, por lo menos como un aparte! ¡Y los nachos se podían
mojar en las salsas!
Desde allí un largo recorrido en taxi hasta Atizapán, donde vive Ylia, no exento
de un debate con el taxista sobre las perspectivas políticas. Al parecer, por lo
que me pude enterar, la cuestión, es decir, la tarta, en México, se reparte
entre el PRI y el PAM, de lo que deduje que unos son los conservadores y otros
los progresistas, junto con un tal López Obrador que debe ser algo así como la
mosca cojonera de los otros dos partidos. Me pareció un tío muy inteligente el
taxista y con una sed de conocimientos asombrosa, lástima que, como nos dijo,
los estudios académicos no hubieran estado a su alcance. Su planteamiento, el
cual suscribo plenamente, estribaba en que todos los políticos, fueran de un
signo o de otro, roban lo mismo, al igual que en todos los páises del mundo,
pero a veces con un partido determinado en el gobierno se vive mejor que con el
otro. Lo atrayente de López Obrador, según nos dijo, es que resultaba una
incógnita, no en cuanto a lo de meter la mano en el saco, sino en si se viviría
mejor o peor con él, ya que todavía no ha disfrutado de responsabilidades de
gobierno, o eso al menos es lo que yo saqué en claro.
El tráfico me pareció de locos, como en Portugal, donde por las carreteras
aunque sean de dos carriles circulan de a cuatro, ya que cuentan los arcenes
como dos vias más, pero más desordenado. Lo curioso es que no vi ni un solo
golpe, ni un solo accidente en todo el trayecto. Conducir en Madrid,
comparativamente con el D.F., es un juego de niños, me dijo mi amiga y le doy
toda la razón. Los habitantes del D.F. deben de ser unos conductores
excepcionales para moverse y orientarse en aquella selva de hojalata.
En casa de Ylia tuve oportunidad de conocer a su hijo, que ha comenzado a
colaborar en la distancia con mi editorial, a ver si así logramos sacar a la luz
un montón de libros que se nos han quedado atascados en el archivo, y al que le
acabo de publicar su primer libro de poemas. Se llama Luis Fernando Escalona y
está completamente volcado en realizar su sueño de ser escritor, por lo que no
dudo que lo alcanzará, pues en estas lides las únicas virtudes realmente
importantes son las ganas y la constancia. Es, además, un tío equilibrado, lo
cual es difícil encontrar en estos tiempos, y que ha hecho sus pinitos en el
mundo musical con un CD de rock puro y duro. Y también a su abuela, la madre de
Ylia, dotada de una lucidez mental tremenda. Siempre recordaré aquella casa
porque por primera vez en mi vida vi colibríes, tal vez las aves más
maravillosas que he observado nunca, y cuyo batir de alas me recordó en cierto
modo el cierre de pestañas de una amiga tipo muñeca barbie cuando se pone
seductora.
Y entre unas cosas y otras, unas toses y unos caramelos de menta para luchar
contra los estragos que la contaminación estaba causando en mi garganta y en mi
pituitaria, una visita a un supermercado para ver de que iba el asunto de las
compras y un hacer cola en una oficina bancaria que prometía durar toda la
mañana hasta que nos cansamos y nos fuimos, llegó el gran día. Lina Zerón vivía
cerca de donde estábamos y mi amiga me llevó hasta allí. Por fin conocía
personalmente a una de las poetas mexicanas a las que más admiro. Había hablado
varias veces con ella por teléfono, intercambiado e-mails. Disponía de sus
poemas grabados para un proyecto internacional mío en el que participa y que
espero que vea la luz dentro de poco. Incluso un poeta y amigo común, el chileno
Javier Campos, que nos conocía por separado, había encontrado cierta similitud
de caracteres que nos convertía en compatibles, pero no había difrutado de la
oportunidad de saludarla personamenlte ni cuando vino a España, a Barcelona.
Cuando llegué a su casa fue algo así como entrar en una torre de babel poética.
Peter Sagher (Rumanía) ejercía de improvisado cocinero y a la mesa se sentaban
Pierre Clavillier (Francia), Phill Manzaneque (España), la sensual Sarah Carrera
(Senegal), Saafa Fathy (Egipto), y la propia Lina Zerón (México), mientras el
hijo de Lina demostraba sus buenas dotes de traductor. Y que me disculpen si me
olvido de alguno. Muchos de ellos habían llegado unos días antes y la
hospitalidad de Lina los había acogido en su casa. Enseguida hicieron que me
sentara con ellos y, a pesar de que yo ya me había puesto morado de taquitos o
quesadillas en casa de Ylia, acepté probar un champiñón al estilo rumano recién
salido de la sartén de Peter, pero sólo eso.
Lina me pareció una mujer realmente hermosa, además de una excelente persona,
dotada de una gran capacidad organizativa, pues montar todo aquel encuentro por
mi experiencia en protocolo sé que se las trae. Una vez más la realidad superaba
con creces a las fotos. Por otra parte su secretaria no se quedaba a la zaga.
El resto fue ya un ejercicio de ingeniería para lograr meter las maletas de
todos y el raro y alargado instrumento musical de Sarah en los dos coches que
nos esperaban a la puerta y que nos llevarían hasta la sede del PRI, en el D.F.,
donde nos reuniríamos con el resto de los poetas y desde donde partiríamos en
autocar hacia Toluca, algo que temía en cierto modo, pues allí nos encontrábamos
a 2200 metros de altitud, me dijeron, y el sitio al que íbamos a 3000, y mis
pulmones comenzaban a notar la altura. Por otra parte, me sentía contento, había
perdido el miedo, el encuentro estaba a punto de comenzar y por fin conocería al
maestro Ernesto Cardenal.
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