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CEMENTERIO DE RUBÍES
Emergen en cada suspiro del mar,
mirlo y oropéndola remontan las olas
para suspenderse en la tibieza
del halito marino, que recibe el intrínseco azul
de sus alas, donde hilvanan utopías.
Exhaustos de amor sobrevuelan en descenso vertical
hacia el útero salino que les acoge,
y en donde adormecen sus párpados
posándolos sobre los corales en rama.
El crepúsculo rasga la claridad de las aguas
para hacer más cálido su refugio.
Una y otra vez, confluyen hacia la brisa
libadora de sus caricias con sabor a ámbar.
La naturaleza converge en el pulso
de dos seres que se aman, y el océano,
es un cementerio de rubíes
donde se cristalizaron sus besos.
Issa Martínez
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