Esa sed, ansia y grito que transciende en la quietud del silencio, ese agudo tinte de la nota con sabor a lágrima y que sin embargo es vida, momento, diálogo con todo lo perdido: extraviado equinoccio de la sangre, eclipse que dimite ante la inmensidad ciega. Y así todo vida, verdad que no claudica en lo imposible. Escucha… es toda la parvedad de los años, la realidad que sucumbe en la grandeza del ser sin disimulo, infinita oración, inacabable discurso entre el día y la noche. Un todo vívido y una madurez que desflora la pulcritud del respiro. Nada que se pueda contener, por eso explota la burbuja del miedo, sutilidad entre dos bocas que nunca se tocan, lejanía que se acerca donde los años y los días, simplemente, existen para dejarme en ti. Entonces digo que la vida es canción en tres partes, cuando no estabas, tu presencia, y la ausencia proclive que no se restaura y en donde no somos nosotros quienes trascienden: es el amor, su locura diáfana que no nos pertenece ni nos necesita. Por eso, si el árbol tiene sus ramas desnudas, yo solo miro el crepúsculo floreciente en su rústica vestimenta…
Issa Martínez
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