(A Rosalinda Llongueras)
En el más negro abismo, en la desolación completa, densa y obscura. En donde ni los destellos de la luna pueden penetrar para bañar mi alma aterida de dolor.
Desde este pozo sin fin te miro, como queriendo hablarte, como deseando tocarte.
Mas mis sentimientos se encogen, se tuercen, y cual río sin cauce, sangran a raudales.
Las palabras se me niegan, pareciera que esta boca mía fuera muda y los silencios tumbas perennes.
Te abrazo como para que mi amor le pese tanto a la muerte que no te lleve.Tú, tan sólo me miras detrás de ese cerco que ha opacado las estrellas de tu mirada y me hablas a través de tus ojos, que me están diciendo adiós.
En mis manos se desgrana tu vida estocada de muerte.
Maldigo las palabras que se me niegan; la sal y la lluvia de mi alma se han solidificado en piedra taponándome los labios.
_ Tu angustia y tu dolor me están matando antes de tiempo.
El escucharte destraba mi mente y hace que las palabras vuelvan a serme conocidas.Respiro hondo...exprimo la coherencia de mi pobre cerebro en marasmo.
Casi imperceptible la voz sale desde mi vientre, tan solo para escucharme decir:
_ ¿Sabes que te amo?
_ Siempre...
Cierta calma me invade, los mares anegan mis ojos nublando tu imagen hasta casi borrarla por completo.Así me voy acostumbrando a no verte más.
Me consuela el saber que estás más cerca que yo de que te
nazcan un hermoso y áureo par de alas.
Issa Martínez
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