EL LLANTO DE LA LUNA

 

 

-Hijo mío, dime tus últimas palabras.

El sacerdote, todo misericordia, intentaba llevar un poco de consuelo al alma pecadora de Eusebio, quien no dijo nada, tan solo sus ojos negros, bajo las gruesas pestañas, lo miraron fijamente aguantando las lágrimas.

El sacerdote habló nuevamente:

 -¡Por Dios, hijo! ¡Arrepiéntete!

Los guardias ya entraban para llevarse al reo a la silla eléctrica.

- ¿Tienes algún deseo antes de la ejecución, Eusebio?

Preguntó el sargento Torres. Pero Eusebio siguió en silencio.

Ya en la silla, atado con las correas, el sargento Torres untaba aquel líquido transmisor en su cabeza para que la muerte fuera lo menos dolorosa posible. Después procedió a conectar el artefacto por el que entrarían todos aquellos miles de wats que le causarían la muerte. Los rumores no se hicieron esperar. De entre los espectadores, se escucharon diferentes bisbiseos.

-¡Malnacido!

 -¿Cómo es posible?

-¡…!

- Eso y más merece.

- Sí, es una bestia.

- Dicen que la violó y luego la mató.

A todos y a nadie pertenecían las voces.

Aquella tarde, Eusebio caminaba por el bosque cercano a su casa. La desesperación se había vuelto un gesto gris en su rostro. Apenas una semana antes le habían diagnosticado un cáncer en el hígado. No sabía cómo decírselo a su esposa. Por su mente pasaban pedazos de su vida marital. Una leve sonrisa iluminó su gesto cuando recordó a Rosita, su hija de tres años y, enseguida, sus manos cubrieron su cara para estallar en fuertes sollozos.

La tarde empezaba a enfriar ligeramente. Eusebio miraba cómo el sol se ocultaba y teñía de ámbares y rosas el horizonte. A sus espaldas, un ligero viento tibio pareció acariciarle la espalda.

-Hola, Eusebio.

La voz femenina provenía de aquella aparición casi celestial. Eusebio quedó embelesado mirando aquél cuerpo de mujer que parecía emitir una luz propia.

- ¿Quién eres?

- ¿No me reconoces? Soy LA ESPERANZA…

Eusebio sonrió burlonamente sin que le abandonara su expresión triste.

- Sé que estás sufriendo mucho, Eusebio. Y quiero decirte que yo también, porque ya nadie cree en mí. Yo también estoy muriendo, Eusebio. Por eso he venido a ti, a pedirte ayuda.

- ¿A mí? Pero, ¿es que no ves cómo me encuentro? Tú misma acabas de decirme que sabes cuánto estoy sufriendo. ¿Qué puede hacer un pobre diablo como yo?

-No lo sé, Eusebio. Pero estoy tan desesperada como tú. Tengo el don de lograr muchas cosas, menos la fe. Es por eso que me he materializado en este cuerpo, usando la poca fuerza que me queda antes de morir. El esfuerzo ha sido demasiado para mí, pero aunque ya sabía que apresuraría mi final quise correr el riesgo y, aquí estoy.

- Bueno, dime qué quieres que haga. Aunque honestamente, creo que te has equivocado de persona.

- No, Eusébio. Me acerqué a ti porque fuiste tú quien me llamó, tal vez sin querer. Dentro de toda tu pena, estabas pensando en mí.

- Bien, si tú lo dices. Dime entonces que es lo que deseas de mí.

-Quiero que me hagas el amor, Eusebio. Que me preñes. Necesito tener un hijo, para seguir existiendo.

Los ojos del pobre hombre se abrieron desmesuradamente. No podía creer lo que estaba sucediendo.

-¡Ayúdame, Eusebio! ¡Por favor! Si yo quedo preñada, quienes tienen fe en mí podrán tener algo a lo cual aferrarse. ¡Por favor, Eusebio, por favor!

El hombre pensó que seguramente estaba soñando y que pronto despertaría.

-Mira, yo no estoy muy seguro, pero…

-Escúchame, Eusebio, si yo tengo un hijo, tu podrás curarte, te lo prometo.

Ante tal oferta, Eusebio se decidió: la evocación del rostro de su esposa Ana, y Rosita, fueron el acicate necesario. Lentamente se acercó, tímido, indeciso…tomó la mano de LA ESPERANZA. Ella le sonrío dulcemente y lo abrazó en un gesto más maternal que sensual. Fue ella quien lo desnudó para después dejar resbalar su propia túnica blanca que quedó tendida en el césped. La noche ya se abría sobre ellos. La luna lloraba ante la desesperación con la que aquellos seres se entregaban.

Eusebio abrazaba a LA ESPERANZA protectoramente y, ella, yacía quieta entre sus brazos. Eusebio notó que su pecho apenas subía y bajaba con dificultad.

-¿Qué te sucede?

Un fuerte sollozo rompió el silencio de la noche.

-Me estoy muriendo, Eusebio. Todo ha sido inútil. Si hubiera venido antes a ti…pero ya ves, ya es tarde. Tú no lo sabes, pero ya siento latir en mi vientre tu simiente. ¡Si pudiera lograrse este hijo!

-¿Cómo? ¿Quieres decir que estás embarazada, que te preñe en apenas unos minutos?

-Sí, Eusebio. Recuerda que soy LA ESPERANZA…Si logro vivir hasta el alba, este hijo -que ya sé es una niña-, podrá nacer.

-¿Quieres decir que en menos de 10 horas te he embarazado y tendrás una hija mía? ¡Por Dios, no seas tonta! ¡Eso es imposible!

- ¡Calla, Eusebio, calla…! Tu falta de fe apresurará mi muerte.

-¡Tonterías, no me vengas con semejante cuento!

-¡Eusebio, ten fe, por favor…! ¡Te necesito aún, ten fe…!

-No, señora, todo tiene un límite. La verdad, es que ya ni siquiera sé por qué le entré al jueguito este.

-…Eusebio, me estás matando… ¡Ay, ay…! - El rostro de LA ESPERANZA se distorsionó en una mueca de dolor.

- ¿Qué te sucede?

- Eusebio…Eusebio…Casi lo logramos, amigo. Casi…

En el rostro de LA ESPERANZA no había reproche, solo su mirada triste, casi de cristal. La Luna volvió a llorar…

Repentinamente, Eusebio miró con horror aquél espectáculo. De entre los muslos de LA ESPERANZA empezó a manar sangre en abundantes cantidades.

-¡No, no, no! ¡Por favor, perdóname, perdóname…! No quise hacerte esto, perdóname…

-No te preocupes, Eusebio, ya tienes bastante con lo tuyo. Es el destino, amigo, el destino del mundo… Me esforcé, Eusebio, de verdad que traté de insuflarme en cada cuerpo que habita el universo…

- Shhh, calla, calla…

El hombre la abrazó dulcemente, acariciaba sus cabellos mientras sus lágrimas caían sobre ellos…

Así los sorprendieron a la luz del día.

Cuando el brazo ejecutor tomó la palanca para accionarla, Eusebio recordó el rostro de LA ESPERANZA y supo que él había ganado; al menos no pasaría días de agonía en un hospital: mentalmente le dio las gracias, mientras el rostro de Ana y Rosita y sus sonrisas casi idénticas, evitaron que se diera cuenta cuando la palanca hizo contacto en el interruptor.

Era de noche. Una fría noche en la que la luna, lloraba y lloraba…

 

Issa Martínez

 

 

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