El esquife hiere lentamente la
marea, tan sólo el entrecortado aliento de los ponientes le insuflan
vida, no lleva destino: una sola vela rasgada le acompaña en sus
lamentos. Un albatros solitario le custodia, sus pupilas se desgranan en
tormentas que bambolean la frágil embarcación. Piélagos y llanto son un
mismo horizonte sin crepúsculo. -Vastísima soledad y silencios rotos,
como un adiós-. No hay versos suficientes para la travesía, ni pan, ni
agua dulce para el anhelo. El mar se torna una nada indisoluble,
relámpagos de dolor revientan en un matiz absurdo de tristezas y
sombras de sueños resquebrajados.
El esquife tirita, solloza, y
empieza a sucumbir. En vertical caída, el albatros se despeña, se golpea
con lo que aún asoma de la proa, recuesta su cabeza en una caricia
sublime, mientras una última lágrima de su mirada sin luz, se funde con
la inmensidad salina.
Las plumas azules de una
quimera, caen del firmamento gris-celeste, como pétalos de flores en un
postrer tributo, en el que la renuncia queda esbozada en el infinito.
Issa Martínez