EL ÚLTIMO DESEO

 

 

 

Cuando ya no esté, no encierres mi cuerpo bajo la tierra húmeda. Me llena de miedo que se queden guardadas mis ilusiones y mis locuras.

Regálale un poco de mi al océano, a quien tanto he amado, con quien quiero renacer en cada rompiente y fundirme entre su candor ansioso.

¿Qué tal un poco de lo que fui en ese lejano bosque repleto de abedules?

Sería feliz hendiendo los céfiros eternamente, valseando en el cálido paisaje otoñal; seré siempre fértil entre el limo y daré vida una, otra y otra vez.

También del desierto he sido amante: nada me importaría ser una odalisca retándole con mi vientre desnudo, a mi señor, mi amado sultán dorado, para prodigarle sempiterna mi danza de los siete velos.

Y si no puedes, lanza mis cenizas al viento, que yo encontraré siempre el camino y la manera para seguir volando, tal como lo hacía en vida. Llegaría a la vieja cabaña de troncos, la de la campiña nevada, la de mis fantasías sexuales, en las que tantas veces me refugié abrazada, quedando impresos en mí, los indelebles almizcles de mi amado. Sería parte de los tintes rosados y transmutantes que nacen cuando el sol se duerme en las montañas. O tal vez la llamarada que lame con dulzura los cuerpos desnudos de algunos nuevos amantes.

Pero, por favor, te lo ruego: no me encierres bajo la tierra, que podría morir de miedo aún estando muerta.

Yo seré la ninfa eterna de los sueños y para ello: necesito seguir en libertad.

 

Issa Martínez

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