EL ÚLTIMO SILENCIO
Y volví
y busqué el acorde de mi último silencio:
yacía herido y sediento en una esquina de
la noche,
justo donde se sueñan las flores muertas
y se hacen infinitas las distancias.
Le abracé con el arrullo del viento
y lo prendí a mi seno para amamantarle
de pura noche,/
pero muchos amaneceres
le habían herido de soledades profundas.
Sacié su sed de moribundo
con mis lágrimas,
en su pecho puse una luciérnaga
para alumbrarle el camino,
y antes de morir, le prometí
un verso, ¿pero cómo?
Si sus matices ya no están,
mis palabras no pueden retener lo
inexistente…
Issa Martínez