LA CARRETA


I


Heno entre madera,
aroma otoñal y gemidos de bolero
desde sus ruedas vetustas.
Sobre el fango:
se fraguan lágrimas y sueños rotos
hacia las huellas de sus ejes enmohecidos.

Savia fugada de sus tablones
en el sollozo estremecido que crepita,
allí, donde las ramas añejas inclinan sus hojas
apenas susurrantes entre fuelles cansados.

Casi artrítico el chirrido de sus puntales,
casi ciego, el hombre gris que la conduce,
casi miope, el alazán envejecido que la guía...

Tan viejas las piedras y el paisaje tan antiguo...


II


Tan lejano el cuerpo sobre la bestia en espirales de aire,
hombre, palafrén y viento: almizcles sobre la hierba,
desde María y sus trenzas, desde la yegua blanca.
Distantes los perfiles desnudos en el río, en sus aguas
plenas de lunas o soles desvergonzados, carnes de juventud
y sombras lúbricas, de rocíos en las pestañas tintas de crepúsculos;
que entre primaveras encendidas: empapaban la tierra de lágrimas alegres.
 
Lejos, tan lejos y áridos, los árboles entre los que serpenteaba el viento, 
y las elegías siempre húmedas y sonrientes, de las pupilas oscuras de María, 
y el vientre infértil de la yegua blanca despeñado en el precipicio.
 
Casi artrítico, el chirrido de sus puntales;
casi ciego, el hombre gris que la conduce;
casi miope, el alazán envejecido que la guía...

Sólo aguarda la gata anciana, atigrada y promiscua,
junto al fuego ausente de la chimenea: casi ciega, casi inmóvil.
Las horas se hicieron ruinas y sepulcro
entre los ejes oxidados de la carreta melancólica...

Tan viejas las piedras, y el paisaje tan antiguo...

Issa Martínez

 

 

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