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Acariciaste la luna, niña:
con los dedos, niña, tocaste
las sombras escondidas en el viento
que naufragaban en el sueño de los justos
antes del amanecer del odio.
Fuiste
amor y fracaso
de ángeles marchitos:
territorio de flores nonatas
sin capullos ni promesas.
Hoy quiero remodelarte la fuga
-niña sin luces-
que te fue convirtiendo en roca
sin rescoldos:
dolor
para el vuelo de murciélagos sin noches.
olvido de lágrimas heridas,
placer
de carnes abalanzadas en verdes
y sexos de azul y contrabando.
Hoy querría decirte, niña, que no encontré la luna que te estuve buscando en la despensa de las horas, que se me fueron las palabras para sentirte, y que tuve miedo de tus silencios de voz perdida.
Que tus ojos miopes, y tu sonrisa de hada oculta, me dolían mucho más que tus posibles promesas de trébol sin hojas.
Que tus cascabeles distintos se interponían en mi música de flauta dulce y mi fagot de futuros.
Hoy querría decirte, niña, -aunque ya no puedas escucharme nunca- que he aprendido a tocar melodías sin orquesta y sin instrumentos, que ya conozco el aire tenue de los cascabeles que suenan con gestos de tambor desafinado y próximo, que he ganado -detrás del corazón científico sin anteojos- miles de lunas como la tuya que nunca supe acariciar sin lástima.
Querría decírtelo hoy -niña de luna menguante- aunque ya no me escuches, porque tengo también miedo de mi luna decreciente: ahora que el blanco se va volviendo gris en los balcones y que he aprendido que la vida es tan sólo un tránsito imperfecto para definir caricias.
Y no dejes
que el sabor de tus recuerdos
se vista de amarillo reproche
porque ya voy restando días
a mis cascabeles de olvido, niña...
Luis E. Prieto (Madrid)
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