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Latidos arrinconados en un mar impío de culpas carmesíes. Búsquedas infructuosas disueltas en amanecidas desesperadas. Devorándome los abismos oscuros del pecado propio y ajeno. ¿Dónde estabas?
El llanto de aquel recién nacido, abortado de entre los escombros de basura, impregnó la luz del día; recuerdo que hundí mis manos en la pestilencia y creí que, tal vez, podría encontrarte allí: pero no, no estabas.
El día que las súplicas eran eco de los dolores de aquellos latidos tan cercanos, cuando la pesadumbre rasgaba el aire y las lágrimas hacían cauce en aquel habitáculo de muerte, también te busqué, entre las sábanas con sombras de tortura y en aquellas pupilas turbias, pero, tampoco estabas.
Cuando el desierto fue mancillado como prostituta sin remuneración y se hizo mar de sangre, y cementerio de barbarismos y fe de todas las religiones rotas; cuando aquella mujer apuntó su revolver a las sienes maniatadas de aquel hombre y millones de pálpitos gritaron su angustia, juro que te busqué, pero, aún entonces, seguí sin encontrarte.
Me he extraviado mil veces intentando seguir la invisibilidad de tus huellas, y cientos de voces intentaron consolarme hablándome de ti. Tal vez no dejas vestigios de tu travesía, quizá me lleves en brazos, tal vez…
Iré a lavarme las rodillas raspadas y los pies ensangrentados. Es que, ¿sabes?,
soy necia, y seguiré buscando, aunque a veces intuyo que sólo habitas en la esperanza que acuno en mi corazón… ¿Acaso ese sea tu verdadero nombre?
Issa Martínez
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