LA  ELEGÍA  DE  MIS  MANOS

Manos, mis pobres manos, instrumento

de una voluntad frágil, de un dolido

corazón y de un loco pensamiento.

Manos, mis pobres manos, que a la clave

del porvenir oscuro se han tendido

-tal como vuela al horizonte el ave-

en busca de ideal y de esperanza,

de fe, sueño y amor; manos que han sido

enemigas de odio y venganza.

 

¡Oh, manos de estructura femenina,

que son la herencia de una raza fina,

de cuyo arte magnífico y bizarro

ofrecen arqueológicos ejemplos,

la curva de sus ánforas de barro

y el anclaje de piedra de sus templos!

 

Manos tranquilas, manos laboriosas

que así tocaron, dóciles y buenas,

bien un rosal, sin abatir las rosas,

o un corazón, sin despertar las penas;

y que sufrieron, con gentil desmayo,

la ingratitud, el mal y la mentira,

sin diseñar de la amenaza el rayo

ni conocer el gesto de la ira.

 

Manos, que, con un leve movimiento,

si la ilusión en tacto se transforma,

llevan el insaciable pensamiento

por el mundo infinito de la forma.

 

Manos que no declaman

la vil comedia, manos que no llaman

al plebeyo motín, ni, en los tumultos,

puñales son que esgrimen los insultos,

ni siervas de las cóleras que braman.

¡Tan hurañas a todos los estragos!

¡Tan dispuestas a todas las justicias!

¡Tan dúctiles a todos los halagos!

¡Tan fáciles a todas las caricias!

Nunca su piel morena has percudido,

mancha de Lady Macbeth, delatora,

y, llenas siempre de vital fluido,

curan un can, levantan a un caído,

y le secan los ojos al que llora,

y bendicen al pájaro en el nido,

y en el cielo, a la aurora.

 

¡Oh manos, que en la vida pecadora,

al soñar castidades y ternuras,

fuisteis, en el oculto gineceo,

manos de liviandad, manos impuras

en la fiebre de carne del deseo.

Y que al ir por el mundo todavía,

sonámbulas de bien y de belleza,

aun queréis escribir, día a día,

las voces de una santa poesía

que recuerden mi amor y mi tristeza.

 

Manos que, en el grotesco

sainete de la humana tontería,

sólo saben trazar el arabesco

de una sutil y plácida ironía...

      

                        *

 

Ya vuestro ambiente juvenil no es sino

un aire melancólico y adusto,

languidez otoñal que pronto vino

a marchar vuestra frescura...Es justo...

 

Ya no os tendéis ansiosas al destino

para evocar de nuevo el espectáculo

alucinante de un amor divino,

y andáis temblonas, cual pidiendo un báculo

que apoyar en las piedras del camino.

 

Cúmplase la sentencia del oráculo

que vio la delirante quiromancia

en vuestras líneas...Cúmplase la suerte

que abreviará, en silencio, la distancia

que va de los jardines de la infancia

a los pálidos mares de la muerte.

Y queréis reposar, manos...Ya pronto

se apagará la luz en mi tramonto.

Y entonces, en la sombra del olvido,

desnudas de joyeles y esperanza,

descansaréis por fin, manos que han sido

enemigas del odio y la venganza.

 

Y por vuestras sensuales alegrías,

y por vuestras piadosas intenciones,

y por vuestras dolientes agonías,

y por vuestros impulsos, manos mías,

de limosnas y de consolaciones;

por los vasos de todas las orgías,

y el saludo de todos los cariños;

por las sabidurías

de mover fangos sin manchar armiños,

de ser castas y ser voluptuosas,

y de los senos erigir las rosas,

y acariciar la frente de los niños;

por la virtud como por la torpeza,

por la maldad como por la pureza,

por la dulzura con que habéis tocado

el universo azul de la Belleza;

por todos los consuelos que habéis dado,

por todas las caricias que habéis hecho,

por vuestro afán y por vuestra fatiga,

cuando yo duerma en el mortuorio lecho

¡que haya una mano amiga

que suavemente os junte, que os bendiga,

y que os extienda en cruz sobre mi pecho!

 

 

Luis G. Urbina (México)

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