Los Retratos

     

 

Aparecieron en la plaza, bajo los amplios soportales donde en cuencos de ojos muertos de antes de ayer escurre el agua de lluvia para los inviernos sin excusa. Allí donde los impermeables son unas manos mojadas en la espalda del tiempo y suena el tic tac en  un café, en el que ha dejado de oírse  la música. En esos cafés, ya no corre el reloj. Son espectros detenidos en una fotografía sepia, en la que sólo se observan veladuras. Grises de inviernos con nieve y barro en los zapatos.

Aparecieron en la plaza.

 

Si me dierais la hora en punto abriría guantes gastados para los dedos de la nostalgia- les dije-, pero no escucharon.

No escuchan, claro, no pueden oírme. Me di cuenta mirando sus chaquetas de musgo y sus sombreros añil.

Parados bajo el arco que aquieta el muro simplemente miraban cómo iba llegando el otoño sin prisa alguna. Igual que un temblor de hojas asustadas que un niño dispersase.

Y al verlos, supe que no era necesario decir nada para entendernos, porque en mi traje llevaba el mismo silencio viejo que a ellos vestía.

 

Aparecimos en la plaza. Para decorar el paisaje de retratos que ahora son también míos.

 

“No es cierto. Ella se quedó detrás de las voces y las palabras, como si fuera una ventana donde no entrara la luz. Se le olvidaron las sílabas de los abecedarios, se le perdieron los signos entre un oscilar de líneas oscuras, no entendía de pronto los rumores de la noche y no pudieron acompañarla las luciérnagas”.

 

“Antes, cuando aún escuchaba, en la plaza había puestos de flores, tenderetes de artesanía y los cafés de los que antes hablaba. Eran los  lugares habituales de encuentro. Y siempre había un músico callejero que tocaba monocordemente triste para que nos entrara la lírica nostalgia de quien no ha vivido las canciones pero las interpreta.”

 

“ Su casa era un desmayo de tiempo viejo en el que podíamos dormir las desilusiones al lado de sonrisas cómplices y un enorme perro alsaciano, babeante y mimoso que nos pedía galletas mientras escuchábamos a Brassens en el tocadiscos.”

 

“Nunca supimos por qué enterró sus pupilas junto a la línea de sombra”.

 

 

 

Se me fue aquel perfume añejo de tierra mojada en la plaza, cuando se abrieron las hojas de abril, y amaneció el limonero enzumado de presencias. Sombrerito del alba que, con jactancia, vestía la mañana de sol.

Fue entonces cuando llegaste tú y baldeaste los soportales con aroma a espliego. Yo, me puse mi vestido nuevo y salí a buscarte. Tu sonrisa era un homenaje con olor a manzanas. En primavera, aprendí el nombre de los pájaros y en tu boca el silbo del colibrí. Y, con los zapatos valseando en doremifasol nos inventamos una sinfonía para el  viento. Danza del cuerpo en armónica presteza, mientras los tenderetes de la plaza ondulaban ponchos del Paraguay, guitarras de Bolivia y hojalatería de Toledo a los acordes del último concierto que fuimos a escuchar arropados de juventud, risas y cerveza, bajo una luna ahíta de leche.

Besarse dentro de la luna es abrir un campo de estrellas...

 

Los retratos tienen espíritu de bruma: como ella se van licuando al paso de los años, se gastan y se transmutan en polvillo de aguja oxidada. Como el reloj de la plaza, marcando siempre la misma hora, en la que fueron atrapados por la inmisericordia del objetivo. Para ellos no existe pasado, no existieron antes; no es posible el futuro; jamás serán salvo en la fotografía. No es posible interrogarlos, no tienen respuestas; sólo son testigos mudos de una fugacidad que ni siquiera pueden recordar, atrapados en la cartulina.

Pero cuando aparecen los retratos es que la vida ha llegado tarde a la estación de tren de la que ellos partieron. Entonces quienes los ven perlan de frío las manos y los dedos se convierten en la nieve del tiempo que no pudimos apresar.

 

Se van licuando atrapados quienes los ven...

 

 

“ O demasiado temprano para la alegría ... Quizá no era el tiempo de los cerezos y se adelantó al paisaje. Florecieron semillas en su vientre, mientras en torno suyo el sol calentaba cada vez más y había que buscar la sombra al lado de los arces. Quizá las palabras arrebataron la esperanza antes de madurar la luz.

 

“Quizá, simplemente y de prosáica manera es que como tantas otras veces la vida fue un desencuentro”.

 

“Pero no fuimos más a aquel saloncito dormido, ni llegamos a saber nunca si en él había llegado el verano”...

 

 

 

 

 

En junio me dormía bajo el trigo de tus brazos. Matriz y fruto al mismo tiempo, desgrané para ti una voz diferente. Y tú la cobijaste en la punta de los dedos: como pequeña yema a punto de romperse.

Quererte así como si no fuera mentira. Como si no existieran los retratos para la desmemoria.

Ahora, cuando miro tu fotografía sé que no es la tuya. Sé que no soy yo la que mira esa plaza, la que ríe en esa esquina, la que compra esa antigualla que nos gustó tanto porque se parecía a una lámina de un pintor medio olvidado, la que sostiene tu mano en la suya como quien lleva una bandera de siempres.

Ahora, cuando ha llegado el tiempo de los retratos, llueve despacio en el ayer del otoño que no te encontró conmigo.

Y en los soportales yo simplemente los espero.

 

 

Allí donde los impermeables son unas manos mojadas en la espalda del tiempo.

 

                       Alena Collar (Madrid)

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