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No tenía un encendedor a mano. Mientras colocaba mi cigarrillo en la boca, saboreándolo de antemano, trataba de recordar dónde lo había dejado. Seguramente en la planta baja. Así que bajé las escaleras tranquilamente, para al fin poder sentir el sabor del tabaco y la reacción gratificante de la nicotina mañanera en mi cuerpo.
Allí estaba. Nuestras miradas se encontraron casi retadoras. Mi instinto de supervivencia empezó a relampaguear intermitentemente. Quería gritar, pero casi estaba segura de que no era la mejor idea, por lo que me obligué a callar, haciendo acopio de todo mi esfuerzo.
Repentinamente, sentí que la fuerza de las piernas me abandonaba y noté una opresión dolorosa en el estómago. No supe de dónde salió mi voz.
-¿Qué se le ofrece?
Me miró como calibrando mi actitud, midiendo seguramente el matiz de miedo que acompañaba la frecuencia acústica de mi voz.
-Dame agua.
Su orden fue hecha en un tono bastante bajo, por lo que no estaba muy segura de haberle escuchado bien.
-¿Cómo dice?
Mi pregunta quizá sonó aún más débil y, tal vez, eso fue suficiente para darle el dominio de la situación.
-¡Que me des agua!
Esta vez no tenía duda, aunque sí mucho miedo.
-Sí.
Me dirigí a la cocina y saqué dos vasos. Al llenarlos con la jarra, me temblaban tanto las manos que, en varias ocasiones, derramé el líquido fuera de ellos.
Mis ojos desesperados buscaban el paño de cocina para secar el agua, como si quisieran entretenerse y hacer tiempo para no volver a mirarlo a la cara.
Él bebió su agua y yo la mía. Sus ojos oscuros más que mirarme me penetraban el rostro. Mi cuerpo se estremecía en ligeros temblores que yo trataba de controlar.
Allí, en la barra de la cocina, relucía el encendedor sobre su lustrada superficie de madera. Lo tomé y encendí el cigarro que en algún momento dejé sobre ella sin darme cuenta. Me pareció que debía ofrecerle uno. Por fortuna ahí también se encontraba otra cajetilla.
-¿Quiere uno?
-¿Me lo regala?
-Claro…
-¿Puedo sentarme?
-Sí…
Yo estaba parada junto a la barra, y quedaba dentro de la cocina. Él, del otro lado, permanecía en la estancia en la que se encontraba el comedor y los bancos altos forjados en herrería. En uno de ellos se sentó. ¿Qué podía hacer? ¿Decirle que no se sentara? ¿Pedirle que se fuera? Si ni siquiera quería respirar. Y lo que verdaderamente deseaba, era cerrar los ojos y que, al abrirlos, ese hombre ya no estuviera ahí, ni él ni su aspecto amenazante.
-Yo no soy un delincuente...
“Sí, claro. Y yo aún me chupo el dedo…”
-Yo trabajo en las plataformas marítimas. Gano bien. Gano dieciséis mil pesos. Tengo mi mujer y una hija. Trabajo para ellas.
“Si ganas dieciséis mil pesos, ¿qué demonios haces aquí?”
Yo simplemente asentía con la cabeza, sin decir absolutamente nada.
-¿Cómo te llamas?
-Marcela.
-¿Marisela?
-Sí.
-No tengas miedo, no te voy a hacer nada. No soy un delincuente.
-Gracias.
-Hace tiempo a mí me asaltaron. Eran cuatro. Y yo me defendí. Pero me fue muy mal. Me dieron varias puñaladas.
“¡Dios de mi vida, que se vaya ya! ¡Haz que se vaya de una vez!”
-No debí intentar defenderme, ¿no crees?
-No.
-Pero me sentí muy valiente y lo pagué muy caro.
-Lo lamento.
-Pero no te asustes. No voy a hacerte nada. ¿Eres casada?
-Sí.
¿Tienes hijos?
-Sí, dos.
-¿Y dónde están?
-Salieron con su padre. Por eso estaba la puerta abierta. No deben tardar en volver.
-¿Esos son tus hijos? -y señaló hacia una fotografía colgada en la pared.
-No. Son mis sobrinos.
-Te ves muy enferma.
-Sí.
-¿Qué tienes?
-Gastritis.
-Pero pareces muy enferma. No sólo de gastritis.
Quise decirle que sí, que tenía sida, o cáncer, o alguna enfermedad incurable. Quizá así se compadeciera y se fuera de una buena vez.
-No. Sólo es gastritis. Pero ya llevo varios días enferma.
En esos instantes bendije mi padecimiento estomacal y puse cara casi de moribunda, lo que no me costó mucho trabajo, pues debido a los nervios, el dolor de aquellos momentos era digno de tal gesto.
-Dame más agua.-Se la di.- ¿Ya estás más tranquila?
-No.
-Pero si no voy a hacerte nada.
-Gracias. Pero, ¿cómo se sentiría usted en mi lugar?
-Tienes razón. ¿Tienes dinero?
-No. Tengo treinta pesos.
-Me sirven.
-Ahora se los traigo -me dirigí a mi habitación a por mi bolso y lo llevé hasta él.
-¿Para qué traes todo?
-Porque no quiero que piense que tengo más. Por favor, váyase ya. Mire, ya no tardan mis hijos y mi marido. Y no quiero que lo encuentren aquí.
-Pero si no te estoy haciendo nada.
-Ya lo sé. Pero se van a asustar. Por favor, yo no quiero que mis hijos se asusten. No quiero que vaya a pasar nada, ni para usted ni para nosotros. Solo váyase, por favor.
-Sí, ya me voy.
Pero no se iba. Seguía ahí. Mirando para todos lados. Supongo que buscando algo de valor. De vez en cuando su mirada se detenía en mí. Yo solo cruzaba más fuerte los brazos que tenía apoyados sobre mi pecho. Intentaba que mi ligero camisón de algodón azul, no despertara otros instintos diferentes. ¡Era tan difícil contener el llanto que a cada momento amenazaba con dar rienda suelta! Pero no podía hacerlo. No debía mostrarme más débil de lo que ya, seguramente, le parecía.
¿Estaba armado? ¿Tenía pistola? ¿Cuchillo?
Sus ojos, que tantas veces pude ver de muy cerca, estaban inyectados de sangre. Su piel morena y sus cejas pobladas y oscuras, su bigote y su boca grande, se me tatuaban en la mente casi con dolor. No sabía que el miedo duele…
-¿Sabes?: yo quiero mucho a mi mujer. Y a mi hija. Ahora nos llevamos bien. Me quiere. Aunque a veces me pase de copas, ella me dice:”ya párale flaco; te va a hacer daño.” Pero antes tuvimos problemas. Ya sabes, como todos. Y es que un día me dijo que no me quería, que solo estaba conmigo por mi dinero. Yo le pregunté que si era por otro hombre. Y me dijo que sí. Y que la hacía sentir más mujer que yo. La verdad, no me pude contener. Esa fue la única vez que le pegué. La verdad es que la dejé molida. Casi reventado un ojo. La pateé hasta que me cansé. Realmente la masacré. Pero sólo fue esa vez. Ahora ya somos muy felices. Luego me pidió perdón. Me dijo que me quería. Al principio no regresé luego, luego. Pero me fue convenciendo. Y ahora sí estoy seguro que me quiere.
-Qué bueno…
-¿Tienes celular?
-Sí -fui por él y se lo di.
“Seguramente va a matarme. O tal vez me golpee cuando vea que no hay cosas de demasiado valor. ¿Y si me viola?”
Ahí seguía, parada, con mis brazos cruzados como protegiéndome, sin moverme más que cuando me pedía agua o cuando yo volvía a encender algún cigarro. No sé cuántos vasos con agua le serví. No sé cuánto tiempo había transcurrido. Quizá media hora. Aunque yo sentía que tal vez ya pronto tendría que oscurecer.
-¿Cómo me dijiste que te llamas?
-Marcela
-¡Ah, si! Marisela Zapata… ¿Qué me puedo llevar?
-Lo que quiera.
-¿Joyas?
-No. No hay joyas.
-¿Estás segura? Si se busca, se encuentra. Es como cuando uno está trabajando y le dicen: ¿qué haces? Y uno dice: nada, no tengo nada que hacer. Siempre hay algo que hacer.
-Si quiere puede buscar.
-Me voy a llevar el DVD que está allá.
-Sí…
-¿Está bien?
“¡Dios, acaso pretendía que le dijera que no! ¡Que no estaba bien, que no tenía por que estar ahí ni hacer que casi perdiera el control de mis esfínteres de tanto pánico que sentía!”
-Sí…
-Ya me voy a ir. Pero no me puedo arriesgar a que salgas corriendo o a que grites.
-No. No lo haré. Se lo juro que no.
-¿Aprecias tu vida?
-Sí. Por eso no gritaré.
-Mejor te amarro.
-No. No me amarre -entonces lo miré directo a los ojos-, no me amarre. No gritaré. Ya lo habría hecho -dudó por algunos momentos...-. Mientras, yo pensaba que si me ataba, duraría así horas, hasta que alguien llegara. Para eso faltaba mucho.
-¿No hay nada más que me pueda llevar?
-Lo que ve es lo que hay.
-Ya sé: te voy a llevar a ti...
El pánico se apoderó de mi nuevamente. Aunque la palabra nuevamente no sea la adecuada, puesto que el pánico no me había abandonado nunca. Digamos entonces que el pánico hizo crisis. Pero no, no grité. No lloré. Mi crisis era totalmente silenciosa e interna. Muy por el contrario: lo miré nuevamente a los ojos, y con una sonrisa estúpida le dije.
-No. No le conviene llevarme.
-¿Por qué no?
-Soy demasiado caprichosa. Y lo dejaría en la ruina -mi sonrisa se hizo más estúpida, si acaso era posible. Y, curiosamente, él también rió.
-Bueno. ¿Cuál es tu cuarto?
-Ese. El del fondo.
-Bien. Pues te vas a meter ahí. Y no salgas hasta que me vaya. Voy a estar unos cuantos minutos todavía para ver si de verdad cumples. Así que no salgas, porque tal vez todavía esté por aquí. Voy a ver qué más me puedo llevar.
-¿Puedo coger los cigarros?-le pregunté.
-Sí.
Me acompañó al cuarto. Cerró la puerta, pero antes de hacerlo, arrojó sobre la cama un cuchillo. Nada pasó. Nada sentí. Quizá porque ya no era capaz de sentir más miedo.
Me acurruqué sentada en el suelo, del otro lado de la cama, lejos de la puerta. Encendí un cigarro. Otro…Otro…Otro…
¿Cuánto tiempo habría pasado? ¿Se habría ido al fin?
Me puse de pie con dificultad. Mi pierna derecha se encontraba dormida. Me acerqué a la puerta, intentando atisbar por alguna hendidura. Nada. No. No quise arriesgarme. Quizá en mis ansias porque se fuera, pensaba que ya había pasado mucho tiempo, y no era así. Volví a mi sitio del otro lado de la cama. Esta vez me senté en el borde y encendí otro cigarro. Al fin me decidí a salir. Con sumo cuidado abrí la puerta y fui mirando hacia todos lados. La puerta de entrada me resultaba muy lejana, aunque ésta no estuviera a más de cuatro o cinco metros.
Nada.
Salí hasta la calle a pedir ayuda.
Treinta pesos, un celular y un DVD, fueron el monto del robo.
Nunca puso un dedo sobre mí. Es verdad.
Creo que su verdadero botín, fue algo más: el placer del dominio absoluto sobre otra persona.
Morboso, ¿verdad?
Issa Martínez
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