MARINA DEL SEPULCRO

 

 

A los pies de mi ventana descansa el matiz dorado de la playa, desciende un pequeño farallón para besarse con la espuma que se disuelve en caricias de champán. Tintes rosas y ámbar limitan mar y cielo cuando un delfín rasga la brisa salada.

Todo es perfecto en el silencio de mi contemplación, que se absorbe para regresarme melodías de caracolas desde las entrañas del mar.

 

En el atolón sembrado en medio del océano, descansan las cansadas alas de las gaviotas, sembrando de invierno la belleza del arrecife. Abro la ventana para respirar la salinidad marina que me inflama de vida los pulmones, mientras minúsculas partículas de arena se impregnan en mi rostro.

 

El paisaje me llama y yo acudo para dialogar en su intimidad salobre. Siento la tibieza de la arena bajo mis pies descalzos de sandalias y de penas. Un círculo completo se cobija donde mi mirada termina, mis pupilas se hechizan en el confín que dibuja su perfecta circunferencia, un pestañeo y ya sólo tres cuartos de su anterior anillo perfecto. Como en un pase mágico es media luna y, al instante siguiente, cuarto menguante; y nada…tan sólo una marina abigarrada de tonos púrpura y violeta hendida por un incipiente haz de plata…

 

Me arrodillo en la humedad de la arena,  mi dedo índice, traza las palabras de un poema y mis cabellos se acoplan con el viento. La marea sube hasta mis versos y se los lleva. A mi mente llega la imagen de una mujer extenuada. -Que bello sepulcro  escogiste, Alfonsina-.

Y el mar entona su epitafio en la suavidad sinfónica de las olas…

                                                                                                                                                                                  Issa Martínez

 

 

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