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En la noche en que Capricornio era apenas una insinuación del horizonte de la madrugada, tras las farolas amarillas. Capricornio tras las únicas farolas, incólumes guardianes de la noche.
Cómo acertar la vida detrás del peso de mis sueños, tras la arrogancia inútil de mis calles. Las puertas del infinito son de un pino imperfecto, sin rescoldos donde exhumar recuerdos.
Un cocotero que se recorta en la noche mece sus pencas contra el infinito, contra los Lebreles y su brillo distante. Mece su desamparo contra la tristeza. Sólo entonces acertamos que de ausencia se erige universo, como el remanso donde beben los camellos en las noches del Sahara. Ese polvo irracional de nuestros huesos.
Una lechuza pasa como la muerte de mi abuela bajo la mata de guanábana. Mi abuela hecha de fiesta, hecha de esa sustancia dulce de sus dulces. Del vecino que pasa y se sienta a su mesa. Mi abuela que se llamaba Hilda, que aun se llama la sonrisa que borra este dolor. Cuánto tiempo necesita el poema para prenderse fuego y pender de una rama. Bajo el árbol donde osciló mi abuela consumida por el fuego atroz del desamparo. Cuánto tiempo necesita el olvido para borrar la indiferencia del suicida.
Había una vez un niño que temblaba de frío, o era quizás un hombre que se volvió pequeño. Era un cinco de Enero y todo el calendario. Era la eternidad contra una hoguera.
Mi padre nunca ha llorado, sólo fuma (como un hombre) y sostiene a mi abuelo contra el mundo. Prende un cigarro alucinado y bebe un trago de ron todas las tardes. Mi padre que nunca tuvo su poema y nunca lloró (como es debido), sigue acunando el tiempo tras el humo de una vida que pasa lentamente. Con su poco de ron en el ocaso y un riñón mutilado en el quirófano.
El tiempo pasa en mi pueblo como esa brisa ajena de la noche, que roza la miseria en una esquina. Esa esquina donde olvidaste tu última esperanza o tu primer amor contra el olvido.
Ahora comprendes (comprendemos) que vivir es tan sólo un espejismo, que las estrellas siguen su curso inexorable, sobre la noche, sobre el último brindis de tu cuerpo.
Qué importa que sea cinco de Enero, quince de Junio, treinta de Mayo y madrugada. Capricornio sigue en su letargo, contra el muro y su demencia, perdido tras la luz de las farolas.
Mi abuelo que murió de aburrimiento nunca supo del silencio tras los muros, ni del polvo feliz de la mañana. Mi abuelo siempre respiraba por el aire en demasía, comía por el hambre, miraba por los párpados abiertos. El nunca tuvo un sueño donde apoyar la frente y nunca tuvo nada que no le fuese ajeno. Sólo supo morir como Dios manda, con su porción amarga de miserias, con sus ojos perdidos en el miedo, un miedo más absurdo que su vida.
Pero hoy mi padre duerme. Ronca con su cicatriz en el abdomen, con su riñón de menos, con sus sueños de menos y sus años de más. Duerme como un rey, en este pueblo sin castillos ni memorias. Mientras las estrellas ascienden, descienden, en un ciclo infinito.
Isbel González González (Cuba)
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