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Siempre me quedará el recuerdo de la chimenea sin ladrillos y sin fuego, también los tonos color crepúsculo de aquella noche con la luna encortinada.
Archivo la remembranza del paisaje nevado en la primavera sin flores y el nido del gatito de felpa, donde amamantaban a sus polluelos las sirenas.
Queda infinitamente sutil, en la evocación, el canto del tigre, el calor permanente de la ausencia y todos los arco-iris desteñidos de aquella mañana cuajada de estrellas.
Me guardo los silencios, su sinfonía completa mordiéndome la piel, y todos sus matices recriminatorios. Me quedo con su olor y la burla dibujada en sus sonrisas, cuando nuestros cuerpos se rozaban.
Después de todo, París seguirá en el mismo sitio, y el mar, es demasiado grande para guardarlo entre las manos.
Issa Martínez
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