En estas horas breves, cuando es tiempo
para que los prodigios se produzcan,
dejo encima del mar tu carne evidente,
tu vertical caída al cielo de las aguas, a la tierra
conmovida que increpa a las estrellas,
al tiempo convocado en los ojos
desnudos de ángeles soberbios y malditos.
Quiero ser tu sangre, la lava que recorre
tu piel secretamente abierta, voluntad
de ser más que yo mismo en la tamizada luz,
casi hurtada, de los cárdenos crepúsculos.
Tus pupilas rompen el viento como esquifes
en la mirada serenamente absorta,
en el rumor ensordecido de hechicera presencia
que acumula toda la eternidad de un lirio muerto.
La esperanza es tu mejilla,
una inmensa caricia donde sé que yo existo.
Juan Antonio Molina (España)
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