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(Hubo una vez una niña que se hizo mujer y soñaba;
hubo una vez una mujer que de tanto soñar se hizo niña,
de tan pequeña como era, perdió el camino de regreso…)
Retrocedida a través del dolor, deja correr en las horas su esencia y se oculta tras las colinas del paisaje azul. El crepúsculo le acaricia el desnudo puchero infantil. Sus curvas de mujer, son sombras transparentes, y sus labios, se han despojado de toda sensualidad.
Permite que la brisa sin mar, desate la oscuridad de sus cabellos hasta prolongarlos y confundirlos con la noche. Su párvula sonrisa es un mohín de luna y sus pupilas han atrapado todas las estrellas del firmamento. Nadie sabe si sonríe o llora.
Echada en la hierba, rueda entre las briznas de su inocencia arrancada, sin percatarse siquiera que la noche se hace profunda y fría.
Una lechuza de maternal instinto, se compadece de su desnudez plagada de luciérnagas y tiernamente la acurruca bajo un ala, -es tan sólo una niña-.
La aurora desgarra la negrura de la noche, con sus tímidos destellos de sonrosados ámbares. Mamá lechuza ya se ha ido, la silueta de carnes descobijadas y lívidas de una mujer, se abraza a sí misma en una delicada postura fetal, mientras los tibios rayos de un sol sin fuerza se recargan en su pecho inmóvil. El llanto de un recién nacido sube hasta la cúpula transparente y silenciosa, mientras una serena llovizna de inmaculados pétalos de rosa, cubre la grama dulcemente.
Ya no habita niña ni mujer en el paisaje. Sólo la infinitud diáfana de la nada reverbera en la afonía de una elipsis desfragmentada.
Issa Martínez
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