RETRATO DE ADOLESCENTE CON TÚNICA

 

 

Ya ves, y así era yo.
Mi madre derramaba mi melena
como en la noche caen
las oscuras siluetas de la sombra
y me hacía vestidos, como a ella,
que cubrían mis pies.
Y salíamos juntas por los campos,
la playa, por el monte.
Me enseñaba a jugar con las luciérnagas,
con los pequeños pájaros que caían del viento,
con los peces, las charcas,
las conchas de la arena, las tortugas.

Recogía las flores y ensartaba
hileras de jazmín para adornarme el pelo;
machacaba los pétalos y hacía
perfumes con alcohol, cogía ranas
con un junco y un hilo y algodón en su punta.
Ya ves, mi madre, entonces, me enseñaba a soñar.

De ahí, de aquellos tiempos, guardo frases,
conservo los olores de las cosas,
añoro la cadencia de las sílabas
cuando son más que sílabas, pues guardan
dentro de ellas la sangre.

Ya ves, yo era delgada, como un sauce y altiva,
pero iba descalza por las horas
y con los ojos limpios.
En el fondo de ellos navegaban delfines,
se alzaban diminutas cordilleras y frágiles
castillos que la lengua del mar iba lamiendo
y dejándome ver que lo más alto
tan sólo era un efímero bagaje.

De aquellas madrugadas yo no olvido
el olor de la mar cuando la tierra aún duerme,
el tacto de la piel
cuando la mano, aún, no conoce sus huellas
y la cintura frágil de ese cuerpo
que sabía de dios
como del miedo ahora.

Ya ves, llevaba el tiempo
como lleva el caballo sus crines hacia el aire
y llevaba las luces del amor
asomándose siempre entre mis pechos.
Ahora, sin embargo,
cuando todo decrece y ya la noche
nos cubre con su música;
cuando la vida está
repleta de vacíos que parecían luz
y las manos se duermen,
antes de que lo haga la memoria,
y no hay en sus palmas sino un trémulo
saber que nunca más volveremos a abrir
en par esa sorpresa adolescente,
veo venir riendo a la niña que fui.
Y me miro en su rostro y me comprendo,
me acepto, me hago frágil, me reconozco, sé
que mi vida es la misma que su vida,
que la mar es la misma que navegó en su cuerpo,
que la noche es la misma que la hacía temblar
y que nunca nos fuimos la una de la otra.

Ya sé que te es difícil, que no podrás creer
lo que te cuento, ahora, mientras lees
y yo sujeto alegre mi cabello
que comienza a ondular y te traigo violetas
y camino hacia ti, figura del amor,
que siempre me habitaste tan desnuda.

Dolors Alberola

 

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