Sueño de Diana
Berta la abuela, Oswaldo viejo y Oswaldo joven, tía Lucila y tía Leti, bajan a la sala de confortables rojos en ritual de escaleras que se repite cada sábado al llegar las visitas, en la tarde. Ahora están allí los hermanos Gómez del Alamo; Julio del Ciruelo del Monte y Rebeca Lagarto del Oro con sus dos pequeñas: Diana y Marita. Charlan en voz baja, por respeto a la vieja casa.
Casa vieja de encanto especial: las personas que viven ahí, los objetos, huelen a historias ya rancias, mudas; otras historias espantan en cambio en la voz de Zoila, la sirvienta. Historias que ven sólo los niños que brotan de techos y paredes.
Las niñas observan todo lo que sucede en esta casa, y a sus personajes: la amable abuela Berta, la tía Leti, blanquísima con su peinado a lo Cristóbal Colón, tan cariñosa con ellas; la bella, inteligentísima tía Lucila, con su historia de amor en un barco a la deriva.
En uno de esos sábados históricos, irrepetibles, Marita y Diana hacen de las suyas. Marita traviesa ha corrido de pronto a la ventana, y ve la calle y sus historias. Pasa un circo con magos, acróbatas, payasos y fieras enjauladas. Marita los aplaude: entre las fieras resalta un cahorro de tapir, verde naranja.
Diana sin embargo no la ha seguido no la sigue. Ha subido con sigilo al salón de la biblioteca , para leer las hojas de sus libros favoritos.
Hay siempre una hora precisa, inalterable , para el té, a las 5 de la tarde.
Puntualmente es Zoila la que llama al comedor, a ese comedor de mesa larga, con amplias sillas negras de ébano bellamente labradas. El té es servido en fina vajilla de porcelana sobre un mantel laboriosamente bordado por la tía Leti.
La tertulia la dirige con sutileza Oswaldo viejo, que preside la mesa. La tía Leti saca del aparador alfajores, galletitas dulces, mazapán y chocolates), y a Diana y Marita ya se les hace agua a la boca.
Cuando finaliza la hora del té, -los viejos- los grandes uno a uno suben a la sala biblioteca a continuar la amena charla.
Oswaldo viejo, Oswaldo joven, observan a Diana. Se le acercan con cautela, le acarician la cabeza y sin más ni más inician una historia -justamente la del pequeño tapir verde naranja.
-¿ Ves al tapir Robles que sale de tu mano ?. Y entonces Diana lo ve, y también lo ve Marita, que ha llegado al fin, apurada detrás de la gente grande.Robles es el nombre que le pusieron Oswaldo viejo y Oswaldo joven; a ese tapir que salta de la mano de Diana a su otra mano; luego a la mano de Marita, y así de mano en mano hace las delicias de los charlantes, y provoca cosquillas con sus patitas. Les da besitos, diríamos mejor besotes. Es dulce este Robles.
Diana y Marita no podrían estar más contentas. Su padre, Julio del Ciruelo del Monte, ríe, ríe con risa fresca, contagiado por las gracias del cahorro tapir verde naranja; de ese Robles que ahora da volantines en la mesa del salón de la biblioteca. Como premio, recibe mazapanes y chocolatines dados por la tía Leti.
Nadie se molesta con Robles, si hasta esos señores Gómez del Alamo festejan sus ocurrencias. Diana y Marita le traen té, que bebe de un platito. Luego de tanta gracia y travesura, se duerme al fin, con las patitas para arriba en el piso, ronca y sueña quizá con otras aventuras. Los Oswaldos viejo y joven acarician a las pequeñas. A esta altura, los ronquidos de Robles son ya muy fuertes, llenan la sala de la biblioteca. Los adultos de la sala, mortificados, ya no lo quieren escuchar.
Julio y Rebeca se dicen algo al oído. Rebeca se acerca al viejo Oswaldo, y le pide si puede hacer algo para que todo vuelva a la normalidad.
Ambos Oswaldos juntan las yemas de los dedos. Hacen tincoporoto, tincoporoto en los cuellos de Diana y Marita, a fin de distraerlas.Oswaldo el viejo le dice al tapircito :
-¡ Tris-tras, tris-tras !... ¡ven a mi mano y desaparecerás -
Robles se despierta, salta; de pronto no está más ahí .
Diana adulta, tuvo anoche, lejos en el tiempo de esta casa, de los tíos, de los Oswaldos viejo y joven, un sueño.
Julia del Prado (Perú)
Pertenecerá al libro por publicarse: Marurí y el mago.
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