TARDES
DEL SUR
Aquellas
tardes del sur,
crepúsculos agonizantes en donde el amor preñaba
suspiros
de noches vírgenes:
inéditas
caricias que fueron augurios
mucho
antes de morir.
Vaticinaba el mar
vida y
muerte de las palabras en las manos,
en la
promesa de las palmas sensiblemente abiertas:
llanto o
lluvia de torcazas desleídas sobre la carne,
sobre la
sombra y sobre el agualuz florecido en los ojos.
Porque
las manos fueron útero y tumba
de
ternuras palpables, principio y conclusión
de
elegías amamantadas de añoranzas y rebeldías:
en el
sendero último nos transitamos pájaros -alondra y mirlo-
con
versos alejandrinos inversos en melancólicas nubes
que
concibieron melodías de gargantas quebradas en gris.
Fuimos
copulativas de oraciones sin sujeto,
solo
verbo, predicados inmolados en la intrusión de otras voces;
y
renacimos de auroras suicidadas en relojes sin agujas,
en la
infinitud acompasada de las brasas entre lumbres
con la
que postergan el epílogo de su deserción o muerte.
Qué más
da si nuestro SIEMPRE habita entre techos y muros
de
travesaños derrumbados por la senectud con la que el tiempo
concluye:
ya fuimos
tiempo, y memoria de la piel, y células fagocitadas entre
inciensos de almizcle;
y sin
embargo, el adiós que solo quiso pronunciar el silencio,
es la
nostalgia con la que el latido de mi sangre te busca por
instinto.
Aquellas
tardes del sur
aquella bondad de los vientos
aquel ruiseñor redimido del
maleficio de la rosa…
Issa
Martínez