Fervientes
vendavales, que con la pasión
de un beso abrazan nuestra
memoria para
hincharla de azules, como la
vehemencia de aquella carne
conmovida,
irrumpiendo en haces de éxtasis nuestras manos
gimientes que
llenaron el antiguo
vacío.
Y tendrá
que sernos suficiente cuando
sabemos, que esta luz, se nos va
fragmentando
con la inocencia de otros
alientos, que laten y enlutan,
nuestros propios
pálpitos.