
La tribu de los Soreoefromes es un clan antiguo. Se dice que son los sobrevivientes de una humanidad que perdió el control de sus instintos y emociones. Perséfone es el nombre de la isla que habitan en honor a una legendaria historia que alguna vez existió, y en la que se cuenta que Perséfone era hija de la Naturaleza.
Sin duda que aquel pedazo de tierra era un paraíso idílico para sus habitantes. En un clima eternamente tropical, las mujeres llevaban los senos al aire y las caderas rodeadas de cortas enaguas de suave hierba, adornada la pretina de macizos florales de gran colorido.
Los varones solo lucían un taparrabos,
cubriendo -a manera de suspensorio- su pene, pero que dejaba al descubierto, las
firmes nalgas. Llamaba la atención verles siempre sonrientes y bronceados. Tanto
jóvenes como viejos, semejaban dioses tropicales y felices. Por su apariencia se
podía pensar que todos tenían la misma edad, pero no era así.
Su característica más misteriosa,
era la rara mixtura del color de sus ojos, en los que resplandecían ámbares,
jades y azules.
En realidad, eran los únicos seres vivos existentes en el planeta, junto a una
impresionante variedad de especimenes animales como tigres, leones, una infinita
variedad de aves, y osos; algunos koalas, pandas y canguros, y hasta uno que
otro unicornio, también eran huéspedes de Perséfone. Todos, animales y
Soreoefromes, se alimentaban de frutos y plantas.
En las tardes en que el clima se entibiaba
un poco, se podía ver una gran cantidad de mariposas coloridas posándose en los
largos cabellos de algunas mujeres. Perséfone -único pedazo de tierra en el
mundo- era abrazada en toda su periferia, por los tonos más azules y cambiantes
del mar.
Los Soreoefromes tenían una
bellísima tradición que conservaban desde que llegaran los primeros pobladores a
Perséfone. Existía una época en la que la luna parecía crecer enormemente,
tanto, que su luz permitía vislumbrar cada rincón de la isla: justo entonces se
realizaban las ceremonias matrimoniales. Su tradición resultaba única, porque
solamente en esa época enormes, que duraba unos cuantos días en todo el año, se
permitían los matrimonios.
Extrañamente, los matrimonios no se
realizaban entre hombres y mujeres, sino con criaturas del mar, y cuando la luna
era más grande que cualquier otro día.
Mientras les llegaba el turno del
matrimonio, cultivaban sus alimentos con semillas de poemas que, en las
misericordiosas estaciones de lluvia, florecían en las más hermosas flores
perennes jamás vistas. La pareja elegida se desnudaba de sus escasas ropas y se
colocaban en la playa, justo donde las espumas parecían plata burbujeante;
entonces aparecían un delfín y una sirena emergiendo de entre el oleaje. Los
elegidos se dirigían hacia ellos y nunca más se les volvía a ver.
Meses después, aparecían en las
cálidas y blancas arenas de las playas, envueltos en algas azules, hermosos
bebés de ojos color ámbar, jade y azul. Estos vivían en la isla de Perséfone
protegidos por todos los miembros de la tribu hasta el día en que les tocara su
turno. Y en que, en alguna época futura y en la que la luna se tornara
nuevamente enorme, pudieran ir en busca del amor.
Issa Martínez
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