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TRÍPTICO DE LOS ENTRESIJOS
I
La que con mi sombra ya no se habla
ha guardado los diálogos de media noche
en algún sitio del aire.
No me alcanzaron los sueños
para cobijar sus tristezas:
se quedaron quebradas las manos
donde se columpia el silencio
en el sortilegio sin voz
que tapona los oídos
o en el amanecer
en el que la verdad se traga
las miradas donde suspiran las mareas.
Se cansó del peso de mis soledades incrustadas en su
piel, de mi
boca mamando de sus palabras tristes, de mi carne
seca a golpe de
lluvia y sueños incompletos.
Se habrá mimetizado en el silencio de las piedras,
en el que las
lluvias de mayo se hicieron perennes acuarelas
grises.
Se tapiza de hiedras y abandono
la voz melancólica del grillo sobre la dehesa,
la incandescencia peregrina de las luciérnagas
duerme en algún lugar de la memoria
que no contiene mis latidos.
¿Por qué se callaron las voces?
En algún lugar de la sábana cubierta de ausencias se
escribieron
versos, se dibujaron pulsos para que mamara la luna,
se
intercambiaron sortilegios…
Hoy sólo quedas tú, la que con mi sombra ya no se
habla: y yo tan
desnuda, haciéndome
caligrafías sin sonido y río que tamiza el silencio,
infinitamente
abstracta y dormida...
II
Arrancarse las uñas
con las palabras que flagelan
el aire donde se ocultan las ideas...
El yo se desviste avergonzado
tras el espejo mudo,
en la habitación vacía
se arremolinan los otoños
de la vida olvidada.
Hay tanto que pertenece
más allá de la omisión
devoradora de sienes dolidas.
¿Quién tatuó las cicatrices
que desbordan soledades?
Se implora el dolor crudo:
la carcajada imbécil
o el grito que ya no pronuncian
los ojos miopes;
las manos tan ajenas se consuelan en un extraño
idioma.
III
Que me hablen las cerezas acidulándose sobre el
viento,
que se duelan las entrañas en el idioma de las
flores deshojadas,
que arranquen a mis ojos, sombras de agua las
distancias...
que nunca olvide otra vez
que soy carne parida de la cópula de los versos
escarlata y azul,
y que algunas noches serán violetas...
Issa
Martínez
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