UN  REGALO  DE  DÍA  DE  REYES

 

 

Quité la ropa de la silla, que estaba pegada a la pared; me subí en ella, para ver por la ventana; limpié el vidrio empañado; para saber qué ocurría, y escuché unas risas, vi unas luces intermitentes, y oí un “taca... taca... taca..” insistente, y otra vez, luces titilantes y “taca... taca.... taca....” simultáneamente.  Había otros niños y niñas con juguetes nuevos...  Era el día de los Santos Reyes.

Me vestí, tan pronto como pude, y fui, rápidamente, entre penumbras y trastabillando, hasta la cocina; donde había dejado la noche anterior mi zapato y la carta que le había dictado a mi Tío Pancho, en la que hacía mi petición de regalos a los Santos Reyes Magos.  Mi carta estaba en el mismo lugar, junto a mi zapato negro, con hoyo en la suela y raspado de la punta, pero no había ningún regalo.

 Regresé al cuarto y busqué mi otro zapato, descosido de un lado, como si fuera boca abierta y tuviera hambre; tampoco había nada.  Con menos rapidez me dirigí al lavadero.  Pensé que tal vez estuvieran allá afuera; quizá se equivocaron de lugar los Reyes Magos y los dejaron allá..., pero tampoco había nada.  Fui a buscar a mi tío Federico para preguntarle, pero se disgustó mucho porque lo había despertado: “¡Pero si todavía no amanece!”- murmuró y siguió durmiendo.  La esperanza y el entusiasmo disminuyeron.  Afuera, risas y taca... taca... taca..., una y otra vez.  Yo quería salir a jugar, pero no tenía juguetes nuevos.

Acudí a mi cuarto y debajo de la cama estaba mi pelota blanca, con la que jugamos otros días, pero estaba muy sucia.  Con la pelota en la mano, fui al pozo para sacar agua.  Tomé el balde que estaba amarrado con una reata y lo empecé a bajar.  Tardaba mucho en llegar hasta el fondo.  Traté de no llenarlo, porque si no pesaría mucho y no lo podría subir.  Cuando tuve el agua, con un zacate y jabón, tallé y lavé la pelota y la volví a tallar y lavar.  Después la sequé con un trapo viejo.   Me dirigí a la calle y, de paso por la cocina, tomé un piloncillo que estaba envuelto en un papel de estraza, que según mi abuela tenía muy escondido.  Cuando me vieron mis amigos, se acercaron a mí y me les anticipé con una pregunta: “¿Qué les trajeron los Santos Reyes?”  Raúl contestó con alegría: “¡Una metralleta, mira... taca...taca... taca..., echa luces... también un trompo, un balero y un tambor...!”  Le pregunté a Güicho y me contestó: “Un caballito de palo, unos soldaditos de plomo, unas canicas y unos dulces”.  Raúl me preguntó: “¿A ti que te trajeron los Reyes?”  La respuesta inmediata: “Un piloncillo y una pelota”.  En ese momento la empecé a botar con mucho orgullo, una y otra vez... pac... pac... pac... pac. “Déjame verla”, dijo Raúl, al mismo tiempo que me la quitaba de las manos...  “Éjele, éjele güey, esa ya la tenías, ¡con esa jugamos ayer!” comentó Raúl.  “¡No es cierto, la otra estaba sucia y ésta no!”  Me habían descubierto.

Con la respuesta no había convencido a nadie, ni a mi mismo.  Tomé la pelota y regresé a mi casa...  Ya había amanecido.  Taca... taca... taca...  Pac... pac... pac...  El sol iluminaba todo y, con la generosidad que le caracteriza, comenzaba a dar su calor a aquella fría mañana de invierno.   Taca... taca... taca... pac... pac... pac...

 Le di una patada a la pelota, para que llegara hasta el pozo, y caminé lentamente hacia ella con la cabeza gacha y con las manos hundidas en los bolsillos de mi pantalón de mezclilla azul con peto, remendado del lado de la rodilla izquierda.  No recuerdo si iba llorando, pero creo que sí.  Me senté junto al pozo; los pájaros intentaban tomar el agua que había en el lavadero.  Y a lo lejos:  taca... taca... taca...

¿Qué les pasaría a los Reyes? ¿No habrán visto mi zapato o, tal vez, porque está raspado de la punta...? O ¿no les dio tiempo de leer mi carta y no supieron que quería un avión y un carrito de madera?  Tal vez no me porté bien..., o soy un niño malo... No creo; el año pasado me trajeron unos dulces y cacahuates... ¿Por qué a ellos les trajeron muchos regalos, y a mi ni un solo cacahuate?  Pero, si ayer los vio mi Tío Federico en la plaza del pueblo.  Me avisó que estaban allí y fui corriendo porque los quería ver para darles mi carta, pero ya no los alcancé.  A lo lejos, vi a uno de ellos del otro lado de la iglesia.  Sólo vi la parte trasera del caballo, cuando se iban por la calle que va hacia el tianguis que se pone los miércoles y los domingos, frente a la sombrerería y la botica.  Seguí corriendo con la esperanza de ver si los alcanzaba.  Llegué hasta la panadería; ya no los volví a ver.

Le pregunté a un señor que vende churros en la esquina, al mismo tiempo que le enseñaba mi carta.  Me dijo que ya se habían ido y me sugirió que pusiera esa noche la carta junto a mi zapato, el que hacía ruido cuando caminaba: clap..., clap..., clap...  Por cierto, el señor de los churros me regaló uno con harta azúcar.  Parecía ser un buen hombre, con una mirada bondadosa; hasta por un momento pensé que era uno de los Reyes Magos.

Regresé a mi casa por la otra calle, por la zapatería y la cantina, donde está un señor con guitarra que canta fuerte; entre terrenos baldíos que en temporada de lluvias se llenan de charcos con ajolotes y ranas.

Tal vez se olvidaron de mí los Reyes Magos, por el pleito que ocasioné entre mi abuela y Don Severiano:  a mi abuela le gustaba que yo trajera el pelo largo, porque lo tenía rubio y se me hacían unos bucles que las personas me chuleaban mucho, y Don Severiano me dijo:  “Si te dejas cortar el pelo te regalo muchos plátanos” y, como a mí me gustaban mucho, pus acepté.  Me llevó con un peluquero llamado Alfredo.  Él se instala a la orilla del río para hacer su trabajo y dice que su peluquería es con paisaje y con sombra del árbol de mora.  Cuando estaba sentado en la silla del peluquero, Don Severiano me dio los plátanos y quitó el espejo de enfrente para que no viera cómo me iban cortando los rizos, “porque los rizos son para las niñas” –comentaba.  Yo comía plátanos y comencé a sentir angustia porque veía como caía pelo a mi alrededor y les decía: “¡No me corten mis chinitos! ¡No me corten mis chinitos!”.  Don Severiano me amenazó con quitarme los plátanos, así que  mejor ya no dije nada.  Cuando regresamos a la casa, me senté junta a la puerta y me puse a jugar con la tierra.  En eso llegó mi abuela de la iglesia, porque era domingo.  Doña Reinalda, mi abuela, no veía muy bien y no me reconoció cuando pasó junto a mí.  Me levanté y la seguí pa´ dentro de la casa.  Ella le preguntó a mi tía: “¿De quién es el pelón que está en la puerta?” y, cuando mi tía me vio pegó un grito: “¡Pero si es el güero!, ¡válgame Dios!, ¿qué te hicieron?” (Así me dicen en mi casa.  En la escuela: Jorge y, en ocasiones, cuando los enfado:  menso.  Yo no sé ya ni cómo me llamo).

Mi abuela se enojó mucho y me preguntó que quién me había cortado el pelo.  Le dije que el peluquero.  Mi abuela se disgustó más; me dio un coscorrón y me volvió a preguntar gritando: “¡¿Quién te llevó al peluquero?!  “Fue Don Severiano, pero me regaló muchos plátanos”-agregué, tratando de disculparlo.   Mi abuela me tomó de la mano y salimos rumbo a casa de Don Severiano, al que le dio una buena maltratada por el abuso cometido.  Desde esa fecha no le habla.

Mi tío Leopoldo trabaja en la panadería del pueblo y vive en la otra calle, cerca del establo.  Cotidianamente me manda a la tienda grande a comprar cincuenta centavos de alcohol para beber y un refresco de naranja, pero yo, en lugar de 50 centavos, compro 45 ; con el cinco que me sobra, compro dulces. Cuando le llevo su alcohol, me regala otros cinco centavos.  “Tal vez por eso los Reyes Magos no pasaron por mi casa... o sería por la leche que me tomé sin permiso, hace unos meses, en el establo.” –pensé.  Cuando me vio el Charro (así le decimos al señor que ordeña las vacas) que me estaba empinando la leche, me gritó desde lejos: “¡Ya te vi, pinche güerito!”.  Me eché a correr hasta mi casa.  El Charro ya es mi amigo; el otro día me dijo que si le iba a comprar unos cigarros me dejaba tomar toda la leche que quisiera.  La primera vez que me regaló leche, tomé tanta que  hasta me dio chorrillo.

O, tal vez, fue por lo que nos ocurrió la semana pasada a Federico y a mí, cuando fuimos a casa de mi tía Lupe, hermana de mi abuela.  Federico me dijo que lo acompañara con la tía.  Llegamos a su casa (esa si tiene mosaico en el piso de todos los cuartos; muchas macetas con flores en el patio y jaulas con pájaros de colores; siempre está muy limpia y fresca).  Me senté en la sala con Federico.  Mi tía y su familia estaban comiendo y nosotros esperábamos que nos invitaran, porque teníamos hambre; hasta pienso que Federico me llevó con la tía para ver si nos daba de comer, porque en la casa no había nada...  Terminaron de comer.  Vimos con angustia y desilusión que recogían los platos y limpiaron la mesa y no nos dieron de comer.  Me paré muy indignado y desde la puerta de la sala les grité: “!Tías que no dan nada que se vayan a la chingada!”  Salí corriendo hasta donde no me vieran y después a mi casa.  Ya conocía el caminito.

Mi tío Pancho, esposo de la tía Lupe, es buena gente:  él sabe que a mí me gusta cantar y cuando está tomando cerveza me dice: “Güerito, cántame Mujer Ladina y te regalo un veinte”.  A él le gusta mucho esa canción, y yo sé que si está tomando los tragos: ya me gané un veinte.  O será por la cara de felicidad que pongo cuando canto, como me dice mi tío.

Seguía sentado junto al pozo, pensaba: “Tal vez sí soy un niño malo, por eso los Santos Reyes no me trajeron ningún regalo.  Pero también, en ocasiones, hago cosas buenas... pero, en ese momento, no me acordaba de ninguna.  Solamente que no le dije a mi abuela que Federico no fue un día a la escuela; se fue de pinta a la barranca a cortar guamuchiles.  Federico ya es grande, tiene doce años y es el hijo menor de la abuela.  Es muy alegre, siempre está sonriendo, y todos los niños lo queremos mucho.  A mis amigos y a mí nos enseñó a nadar en el ojo de agua.  Muchas veces nos lleva de paseo a la barranca, y juega con la pelota con nosotros. 

No sé cuánto tiempo pasé ahí sentado junto al pozo, hasta que llegó Federico a sacar agua.  Cuando me vio, se sentó a mi lado y me puso su brazo sobre el hombro, y me preguntó: “¿Qué te pasa, mi pelón?” (Así me decía desde que me cortaron el pelo).  No esperó mi respuesta; ya sabía lo que ocurría.  Me miró con ternura y me dijo: “Mira, mi pelón, los Reyes Magos no existen.  Eso es un invento de los adultos para darnos regalos.  Los Reyes Magos son los papás y familiares que siguen una tradición, y yo no sé su origen.  Este año mi mamá ha estado muy pobre y no te pudo comprar nada.”

Me levanté enojado y le grité:  “¡Mentiroso! Ayer me dijiste que estaban en la plaza y el señor de los churros me dijo también que los vio, pero, cuando llegué, ya se habían ido.”  Caminé para la cocina.  Federico me vio partir sin decir una palabra.  Mi tía Tayde estaba cocinando y le dije: “Si me das de comer algo, te dejo que me des diez coscorrones”.  Eso era una buena oportunidad para ella, porque, cuando la hago enojar y me quiere pegar, no me alcanza porque me echo a correr.  “Está bien –contestó ella- siéntate para que te sirva”.  Me llevó un plato con nopales guisados con jitomate y cebolla, frijoles refritos, salsa, café y tortillas.  Cuando dejó el plato en la mesa, yo esperaba los coscorrones con resignación.  Ella se dio cuenta, se acercó y me acarició la cabeza y me dijo: “Me los debes, Güero” y se sentó en la silla al otro lado de la mesa.  Hacía días que no veía tanta comida junta, así que, tomaba una tortilla y le embarraba un poco de frijoles, y le ponía algunos pedacitos de nopal con un poco de salsa, porque picaba, y hacía un taco.  Le pedía mi tía sal y recordé a mi abuelo que cuando faltaba sal en la mesa decía: “¡Te falta mucho para ser mujer!”  No sé cuántos tacos me comí, pero esta vez sí me llené.  Los tacos tenían un sabor muy especial: sabían a bondad. Al terminar, murmuré como lo habría hecho mi abuelo: “¡Por mí pueden echarle agua al fogón!”.

Más tarde tocaron a la puerta.  Acudía a abrir.  Eran mis amigos, Raúl, Poncho, el Güicho y Quique.  Me dijeron: “¿No sales a jugar?” Les dije: “Sí, nomás le aviso a mi tía”.  La metralleta de Raúl ya casi no sonaba.  Jugamos un rato con sus otros juguetes y después jugamos canicas: “Muerto revive” de a “Tirito”.  Poncho me ganó la ágata negra, mi canica favorita, con su agüita azul.  Cuando nos regresamos a nuestras casas, Quique iba conmigo; y como no lo había visto en la mañana, le pregunté que qué le habían traído los Reyes, y me contestó que nada... “Ya somos dos”-agregué.  Sonreímos levemente con tristeza y nos dimos la mano.

Al anochecer fui a buscar al Güicho a su casa porque me había invitado a una fiesta;  ese día cumplía siete años.  Cuando llegué, ya había muchos niños; algunos no los conocía..  Pusieron unos tablones en forma de mesa, y nos sentamos alrededor de los tablones.  En un extremo había un pastel, el cual miraba constantemente de reojo porque hacía tiempo que no veía uno.  En el centro había platitos con rebanadas de rábano, lechuga y cebolla picada, orégano, chile en polvo, limón y tostadas fritas con manteca.  La mamá de Güicho empezó a servir platos con pozole, con un pedazo de carne.  Tomé una cuchara de peltre y preparé mi pozole.  Comenzamos a comer.  Con la cuchara hacía a un lado el pedazo de carne, lo estaba guardando para el final, ya que hace tiempo que no la comía.  Me llevaba a la boca cucharadas de caldito, verduras y granos de maíz, y otra vez lo mismo, hasta que se terminó el pozole.  Sólo quedaba el pedazo de carne, era el momento esperado.  Tomé un limón y se lo rocié a la carne; poquita sal y un poco de chile en polvo.  En eso estaba cuando, de repente, un niño que estaba sentado junto a mí, estiró su mano, cogió el pedazo de carne y , rápidamente, se lo llevó a su boca y murmuró atragantado: “¡Al fin que tú no lo quieres...!”  Me le quedé viendo, mudo, paralizado, y vi como se iba, lentamente, al otro lado de la mesa.  Cuando reaccioné pensé: “Tal vez tiene más tiempo sin comer carne que yo”, o quizás porque era más grande que yo, no le dije nada.  Estaban a punto de servir el paste cuando llegó mi tío Federico y me dijo que mi abuela me estaba buscando.  Le eché un vistazo al pastel y me fui con mi tío.  Al llegar a la casa vi a la abuela, y junto a ella estaba mi mamá...  Hacía dos años que no la veía.  Me quedé parado, asombrado, estático, con incertidumbre, y, en lugar de ir a sus brazos, di media vuelta y salí corriendo hacia la cueva, que nos sirve de escondite a mis amigos y a mí.  Me alcanzó Federico y me sujetó fuertemente del brazo.  Yo traté de zafarme para seguir corriendo, pero no me dejó; me cargó y me regresó a la casa, otra vez , frente a mi mamá.  La veía con resentimiento: “¿Qué hacía allí después de tanto tiempo?”-pensé. Pero, ya no corrí.  Ella se acercó, me abrazó y me besó muchas veces.  Inmediatamente reconocí ese olor, esos besos y esos abrazos.  Se evaporó mi resentimiento y entendí cuánto la había extrañado y me puse a llorar junto con ella.  Mi abuela se acercó y nos abrazó a los dos; también estaba llorando.

Después de un rato de suspiros, sollozos e intercambio de sonrisas y miradas, mi mamá me dijo que los Reyes Magos me habían traído unos regalos.  Busqué con la mirada a  Federico y sonrió.  En ese instante comprendí que me había dicho la verdad.  Mi mamá acercó una bolsa de yute y sacó unos zapatos nuevos, unos pantalones y un a camisa de lana.  Me dijo que me los pusiera para ver cómo me quedaban.  Los pantalones estaban largos y me los dobló de la parte de abajo.  Dijo: “No importa porque vas a crecer”.  Acercó otra bolsa y me entregó un carro de madera, un avión y una bolsa de dulces.  Le di las gracias.

Estaba jugando con mis juguetes nuevos cuando me acordé de la fiesta, del pastel y de Quique.  Tomé el avión y caminé a la casa de Güicho; tenía prisa por llegar.  Localicé a Quique, me le acerqué y le dije: “¡Mira Quique, este avión te lo dejaron los Reyes en mi casa!”  Lo tomó con una gran sonrisa, le brillaban los ojos.  Quique era el más pequeño de nosotros, sólo tenía cinco años.  Vi a Raúl y le dije: “Ven, te quiero platicar dos cosas:  una es que los Reyes Magos no existen, son nuestros papás y familiares; y la otra –continué- es que Dios sí existe, porque me trajo a mi mamá”.  Raúl, contestó: “Ya lo sabía...”  Ya éramos grandes.

 

JGJ

 

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